INFORMACIÓN
Y RESERVAS

699 069 091 / 985 634 178

Apartamentos rurales
La Searila
Seares, Castropol
Asturias
info@lasearila.com

Fotografía de la pareja protagonista de la leyenda.

LA SEARILA

Es Seares un pueblecito ameno y pintoresco del, concejo de Castropol cerca de la línea del Eo, esa lírica línea de agua que une y separa a un tiempo a Galicia la dulce de Asturias la brava. y en Seares vivía por aquellos años un matrimonio de hidalgos bien acomodados que habitaba una casona blasonada con honores de palacio campesino.

Eran don Pedro Pérez Castropol y su mujer doña Rafaela Abella, Fuertes, gentes de abolorio que procedían de claros linajes de Luarca. Tuvieron dos hijas. Una de ellas casó con uno de los hijos del Marqués de Santa Cruz; la otra, doña María Rosa-nacida en 1814, fue la protagonista de esta extraña y emocionante historia.

Doña María Rosa fue una mujer de belleza realmente tan deslumbradora que conmovió con ella a, toda la comarca. Era, por , antonomasia, “la bella de Seares”. ”la Searila”, muy codiciada por los mayorazgos de la región. A los veinte años la simpar y noble doncella se enamoró de un galán vecino, hidalgo del cercano solar de Piantón, del Concejo de Vegadeo, llamado don Antonio Cuervo y Castrillón. Él era letrado, y magistrado de gran porvenir. pues, pese a su juventud. de veintitantos años, había sido ya Fiscal de Audiencia y Gobernador de provincia (Jefe Político se les 11amaba entonces).

Don Antonio y doña Rosa se conocieron en plena naturaleza, un día de verano. Ella estaba junto a un arroyo, jugando con los lindos piececitos desnudos en el agua. El pasaba jinete en un caballo tordo de ojo vivo y cabeza acarnerada. Fueron, al principio, unos amores contrariados y novelescos, con señales en los balcones y citas en las cabañas de los leñadores y carboneros, hasta que terminaron al fin en una boda secreta que se celebró en una ermita próxima’. Luego vino el perdón de las familias y la gozosa luna de miel.

Doña Rosa y don Antonio se amaron muy románticamente, con toda exaltación que el estilo de la época sabía poner en estos eternos lances del amor. Pero él tuvo que partir para una ciudad próxima de cuya provincia era Jefe Político, y la Searila se quedó sola, mirando los caminos verdes por donde se fue y había de volver su amor. Corría el año 1836 y eran días difíciles y sangrientos para Asturias. Las tropas carlistas del invicto Gómez batían a los liberales, tomaban a Oviedo por asalto, constituían los batallones legitimistas del Principado y, con las hileras de sus boinas coloradas, marcaban una huella sangrienta y gloriosa por los valles y los picachos de aquella agreste topografía.
En el otoño de 1836 doña Rosa-enferma hacia tiempo de tisis, que es la enfermedad típica que idealizó el romanticismo murió al dar a luz una niña, que tampoco la sobrevivió. Al saber su mal y con esperanzas de encontrarla todavía viva, don Antonio corrió sin temor a los .peligros de la guerra. Fue un viaje desesperado, una carrera desalada. Cerca de cuarenta leguas por malos caminos, en los que reventó cuatro caballos. Pero cuando llegó, un atardecer de noviembre -el mes romántico por excelencia-, su amada yacía bajo un mármol del cementerio de Seares. Entonces, furioso, desesperado, en pleno delirio, como un personaje de Byron o de Young, como el coronel Cadalso, se fue aquella noche al cementerio, abrió la tumba, abrazó el cuerpo de la esposa y le cortó un mechón de sus cabellos. La tradición local le recuerda desesperadamente poseído en un diálogo imposible y macabro con el cadáver de la bien amada, bajo una luna que envolvía en mantos de tibia luz los cipreses .ojivales del camposanto, como si fueran centinelas o espectros.

Pag 1 de 5 | siguiente >>

 

AGENDA

© Apartamentos rurales La Searila 2008 :: Accesibilidad :: Política de privacidad de datos